jueves, 15 de diciembre de 2016


Me encontré con una crisis que jamás había tenido. Entre a la facultad sabiendo desde el día uno que quería ser periodista, que quería dedicarme al arte de escribir contándole a los lectores o a los espectadores sobre la realidad, sobre lo que sucedía diariamente en nuestro país.

Con el paso de los años, la competitividad del medio, quién es mejor que quién y que número llego a ser (siempre mejor que uno) me fui desmotivando. Me empecé a cuestionar si realmente ese era mi lugar en el mundo. Y si ese no lo era, entonces, ¿cuál era mi lugar?, ¿dónde estaba?.

Me di cuenta que había tirado un año a la basura, que una vez en la vida había perdido. Había tirado por la borda la oportunidad de demostrarme como periodista, la oportunidad de demostrar que soy competente para esta profesión. Que es lo que me gusta y que algún día quisiera trabajar de eso. Pero pase mis horas dentro de la sala de redacción demostrando poco interés, sin producir lo que de verdad había que producir, sin las ganas que te debían de nacer cuando sos realmente un periodista de alma. 

Calculo que una crisis vocacional podemos tener todos en algún momento de nuestras vidas, principalmente cuando terminamos las actividades curriculares y sabemos que dentro de algunos meses el ocio se va apoderar de nuestros días y no habrá más libros o fotocopias que leer, ni más trabajos que entregar, ni clases a las que asistir. 

La búsqueda de lo que queremos ser en la vida, de quién queremos ser en la vida, de a dónde queremos llegar. Si queremos cambiar realmente algo en el mundo. Y lo más complicado es poder entender que no somos una nota más, no somos un número más. Un número no define la capacidad que tiene una persona de poder hacer, producir o crear. No somos un número más entre tanta gente. Somos vos y yo, queriendo ser alguien en la vida, buscándonos, encontrándonos, decidiendo qué es lo que nos gustaría hacer.


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